La carta

November 26, 2009 at 8:42 pm (Uncategorized)

A veces se le da la carta al mensajero equivocado. No todos somos Miguel Strogoff.

La estación amanecía gris rata. En el andén, la guía, con su mejor sonrisa nos esperaba. Yo tenía casi órdenes de no mirar más que al andén cercano para evitar ver el terrible espectáculo de las niñas prostitutas que esperaban clientes. Aún así las vi. San Petersburgo. Era verano, aunque el gris permanente en el cielo daba la impresión de ser un limbo en ninguna parte y sin estación conocida. Yulia, la guía, avisada de mi presencia, enseguida se acercó a mí y comenzó a hablarme. Aparte de ocuparse del grupo me acompañó a mi habitación de hotel y allí, entre cucarachas rubias que se paseaban por las paredes en líneas rectas cual si desfilasen por la Plaza Roja en el desfile del 7 de noviembre, me contó toda su vida. A la hora de conocerla ya sabía que se había casado dos veces y que su primer marido, un asiático, la maltrataba. Tantas confianzas a mí, que soy de natural distante, me resultaban curiosas y me preguntaba el porqué. Cierto es que había sido avisada de mi presencia por Mitia, que me salvó la vida y a quien le debo eterno agradecimiento, pero ella no se llevaba bien con él. Y entre visitas, desayunos rapaces de un grupo demasiado acostumbrado a la supervivencia y que si yo llegaba cinco minutos tarde ya se habían zampado mi ración, me pasaba el día escuchando, bien a Yulia, que no se despegaba de mí, bien a otras personas.

En el Hermitage, sin embargo, nos esperaba otra guía. Una mujer guapa, alta y vestida a la occidental con gusto, se acercó a recibirnos. ¿Vera? ¿Nadia? No recuerdo como se llamaba. Avisada de mi presencia por Mitia, muy amigo de ella, enseguida se acercó a mí y me comentó que quería tomarse un café conmigo. Yo llevaba una carta de Mitia para ella y en el descanso, entre columnas de malaquita y ostentaciones que herían la vista, me invitó a un café. La bella guía, morena, no de una belleza rusa espectacular, pero sí muy interesante, dejó de ser la culta mujer segura de sí misma para mostrar un nerviosismo punzante. Yo esperaba un interrogatorio sobre mi persona, pero no, a ella eso no le interesaba en lo más mínimo. Tenía otros planes para mí, una misión.

Le dí la carta de Mitia y la guardó sin mirarla. Después, tras algún sorbo nervioso de café y cuidando que los otros del grupo no la oyeran me advirtió, en primer lugar, que no le dijera nada a Mitia de lo que me iba a proponer. Aunque en realidad no fue una propuesta, sino una imposición. Sacó de su bolso un sobre en papel de mala calidad, de este soviético que tenían en los países del Este y que parecía que se iba a deshacer en cualquier momento y me dió las pertinentes instrucciones. El destinatario de la carta era un hombre argentino al que yo debía entregársela en mano a mi vuelta a Madrid. La dirección, una pensión de la calle de la Montera donde él había residido un par de meses hacía tiempo. No estaba claro que él permaneciese allí. Yo me sorprendí de nuevo ante tantas confianzas depositadas en mi persona, y nada más saber la dirección mi instinto se puso en guardia.

Y me entregó la carta. Decía un cineasta ruso que el problema de la mujer rusa es que tienen una literatura amorosa tan extraordinaria que la realidad sólo puede decepcionarlas. Eran tiempos sin e-mail ni facebook, cuando aún éramos anónimos y libres pudiendo desparecer de la faz de la tierra sin dejar ni rastro, tan sólo una niebla de romanticismo.

La carta, durante cierto tiempo, me quemó en las manos. Mitia nunca supo nada y volví a Madrid con un secreto más entre tantos. Había entregado muchos sobres con dinero, dólares que amigos y familares enviaban a sus seres querios atrapados en la penuria postsovietica, pero hasta el momento, no me habían confiado una carta de amor ni puesto las esperanzas en mi capacidad como mensajera para resolver problemas sentimentales de novelón.

A mi llegada a Madrid me esperaban otros problemas y la entrega de la carta se hizo esperar. Sólo pensar en tener que ir a la calle de la Montera, a una pensión de mala muerte a investigar, entre chulos, putas y clientes, si un argentino que había estado allí tiempo atrás – y que no sabía qué clase de persona era- estaba aún, me hacía ponerme en guardia y fui dejando el momento para más adelante, procastrinando la heroicidad. Al final, tiempo después, un día en el que me pilló decisiva, llamé por teléfono a la pensión preguntando por el caballero y una voz de mujer ronca me contestó que no había nadie allí con ese nombre.

Y la carta quedó guardada entre apuntes, libros, recuerdos. Años después, en una de eas mudanzas en las que tuve que tirar tantas y atantas cosas encontré la carta y la abrí. Nunca la había leído. Sólo alcancé a leer las primeras líneas y el final, el pudor me pudo. Era una carta de amor desesperado, suplicante. La volví a guardar con una sensación de tristeza por no haber sido capaz de cumplir la misión que me confió aquella zarina.

Es un carta viajada que ahora descansa entre adornos de navidad, apuntes, libros, cuadros y cachivaches varios, todos ellos prescindibles, en un trastero dónde la única música que escucha es el ruido de motor de los coches que entran y salen del garaje. Hasta que sea polvo.

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3 Comments

  1. Blumm said,

    Qué chulo.
    Queda usted enlazado, o enlazada, como guste.
    Oye, lo de lo “related post”…, ummm, me gusta pero a ver si lo encuentro cómo es.

  2. Jordi said,

    Creo que esto me suena. Que ya lo he leido ; )

    Nah, que pasaba por aquí, saltando y saltando.

    Un saludo.

  3. grushenka said,

    Hola, Blumm. Yo me lío con esto, blogspot es mucho más fácil. ¿Hay alguna forma de no tener que aprobar los comentarios?

    Enlazada, esta vez toca femenino. ;)

    Sokol

    Hola, Jordi, es que he cambiado de blog porque el diseño del otro no era mono. Una frivolidad. Un saludo, Jordi.

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